25/08/2014: Cruzando Rumanía para llegar a Bulgaria

El día amanecía nublado pero no llovía. Recogimos y salimos del hotel sin desayunar, ya lo haríamos al llegar a la cercana localidad de Bran, donde se encuentra el famoso castillo del Conde Drácula.

Exceptuando por un desvío que no tomé porque no me daba tiempo y donde indiqué a los demás que giraran, no hubo contratiempos. Al final, me colé yo, Álvaro me hizo caso cuando le hice señas de que saliera y Noelia y Ricardo vinieron detrás de mi. Tras un par de pirulas para tomar la dirección correcta, nos reagrupamos y continuamos tranquilamente hacia Bran.

Al llegar aparcamos en la calle principal en un hueco debajo de un cartel donde un coche no podría aparcar. Pese a ello, se nos acercaron un par de chavales vestidos con chaleco y acreditación diciéndonos que era de pago.

En un momento me giro y veo a Ricardo en el suelo, Álvaro y yo preguntamos a la vez “Pero qué haces? Eres tonto?” y Ricardo decía “No me puedo haber dejado la pata sin poner, se tiene que haber hundido o algo”. Y no, no se había hundido, se había partido! Tras examinar el trozo de pata mejor vimos que debía llevar tiempo partida y que había terminado de romperse en ese preciso instante.

Tras enganchar con una brida de nylon el “muñón” de la pata para que no se parara la moto, nos movimos a una calle más apartada del castillo donde vimos algún coche aparcado. Dejamos las motos en fila y aprovechamos para desayunar sobre las maletas de mi moto leche y unas galletas de chocolate que nos supieron a gloria.

Subimos a la entrada del castillo y tal y como habíamos leído, los lunes abrían más tarde (12 de la mañana), por lo que decidimos hacer tiempo en el mercadillo de debajo, escribir unas postales, etc.

Como vimos que se empezó a formar cola, nos pusimos en la fila y cuando abrieron no tardamos más que 5 minutos en llegar a la taquilla y comprar las entradas (25 lei/6€ aprox.). Subimos la cuesta que separa la entrada del castillo y visitamos el castillo, que aunque es interesante, tampoco es que sea la pera, ya lo sabíamos.

Lo que sí nos gustó mucho fueron las vistas desde el castillo, con todos esos bosques verdes y montañas.

Al salir del castillo nos comimos una mazorca cada uno, las habíamos visto al entrar y estábamos con antojo jejeje

Regresamos a las motos, que para nuestra sorpresa seguían donde las habíamos dejado y nos pusimos rumbo a Bucarest. Saliendo de Brașov atravesamos un enorme polígono industrial donde además estaban en obras, nos costó un buen rato y algún susto, pero logramos salir a carretera sin más contratiempos y a los pocos kilómetros estábamos circulando por una divertida carretera con curvas muy bien peraltadas y un asfalto excelente. Aunque mi rueda y la dirección seguían mal podía ir bastante bien puesto que eran carreteras rápidas, donde siguiendo el estilo rumano, adelantábamos en continua si no venía nadie de frente.

Llegamos a Bușteni, donde había muchísimo tráfico, pero no nos importó porque el pueblo era una chulada, con casitas típicas, un centro moderno y bonito y una estación de esquí.

Pronto nos dio la hora de comer y como me habían reñido por parar en una gasolinera con intención de comer, divisé un lugar majo y paramos. Resultó ser la estación de tren del pueblo de Sinaia. Nos instalamos en un banco del andén, sacamos los bártulos y disfrutamos de la comida viendo pasar algún que otro tren.

Tras la comida Álvaro y yo fuimos a por un café a la estación y observamos algún trasto curioso adaptado a la circulación por las vías del tren.

Retomamos la carretera, que cada vez era más lisa y aburrida, para finalmente convertirse en una especie de autovía de dos carriles por la que llegamos a Bucarest.

Teníamos intención de pasar de largo, pero como no era muy tarde decidimos pasar por el centro en vez de rodear la ciudad. La verdad es que pese a los atascos, el calor que hacía y el electroventilador de la moto, que saltaba cada dos por tres, nos sorprendió mucho, una ciudad moderna, muy europea y bonita. Ah, y los policías que montaban BMW R1200RT jeje

Cruzar por el centro nos llevó 1h aproximadamente, pero habíamos hecho suficiente visita, y es que todos coincidíamos en que visitar una o dos ciudades está bien, pero visitar todas es un coñazo.

Saliendo de Bucarest, empezando una autovía perdí a mis tres compañeros y empezó a diluviar, unas gotas enormes de esas que duelen como si fuera granizo. No había absolutamente ningún sitio donde parar, estaba todo vacío, por lo que decido enroscarle la oreja a la moto y salir zumbando, delante se veía el cielo despejado. Tras 10 o 12km así paró de llover y con la velocidad y el calor que hacía me seco igual de rápido que me había mojado. Ya prácticamente seco me paro en un costado a esperar a mis amigos, que no tardan mucho en aparecer.

Desde nuestra posición hasta la ciudad de Бяла (Byala) donde teníamos reserva de hotel sólo hay 120km, que discurren bastante rápido hasta que llegamos a la frontera, donde Ricardo y Noelia intentan comprar en una gasolinera la viñeta para quedársela de recuerdo. Luego descubrimos que las motos no pagan viñeta, y nosotros preocupados por si nos decían algo al salir!

La frontera está cruzando un largo puente sobre el Danubio donde vemos multitud de naves industriales y astilleros. Hay mucho tráfico sobre el estrecho puente, pero finalmente llegamos a la frontera, donde pasamos sin más en cuanto el policía ve que somos ciudadanos europeos.

Estamos ya en Bulgaria, en la ciudad de Русе (Ruse) y nos falta muy poquito para llegar a Бяла, la carretera no es de las mejores que hemos visto, el asfalto está viejo pero aceptable y circulamos bastante rápido. Pronto llegamos al desvío y nos metemos en el pueblo. Al final nos toca darnos la vuelta, resulta que el hotel está por la misma carretera que veníamos 500m más hacia delante de donde nos habíamos desviado.

Teníamos reserva en el Formula 1 Hotel, 32€ la habitación doble con desayuno incluído. Al llegar no me gusta que las motos están muy a la vista desde la carretera, pero enseguida la chica de recepción nos dice que podemos aparcarlas a cubierto. Las metemos dentro de un antiguo lavadero/engrase con forma de hangar, a salvo de miradas indiscretas.

Las habitaciones son muy modernas y están muy limpias, en general todo el hotel parece de muy reciente construcción. Hemos visto un bar-restaurante abajo y al rato estamos sentados en la mesa. Nos dan una carta en inglés y elegimos una ensalada y pan para todos y luego cada uno un plato. Nos sorprende el pan, que es una torta tostada por fuera estilo el pan marroquí, con un intenso sabor. El aceite de oliva (Es griego) es de los que a mí me gustan, potente, por lo que nos ventilamos el pan mojando en el aceite.

El plato está exquisito y probamos un par de cervezas autóctonas como Zagorka o Каменица (Kamenitza).

Aprovechando que tenemos wifi hablo con una amiga búlgara para ver si conoce a alguien que nos pueda echar una mano a fabricar un refuerzo para la moto de Álvaro y Ricardo hace lo mismo con otra conocida, sin mucho éxito. Poco a poco le hemos ido convenciendo de continuar, primero decía “Cuando llegue a Bucarest llamo a la grúa”, ahora dice “Cuando lleguemos a Sofía llamo a la grúa” y nosotros le instamos a terminar lo poco que nos queda de viaje con nosotros.

Alargamos la sobremesa jugando con los gatos que hay y escribiendo a la familia, subiendo fotos, etc. y luego nos vamos a dormir.

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